viernes 20 de noviembre de 2009
Enrique Lihn. Revolución.
De la revolución prefiero la necesidad de conversar entre amigos
aunque sea por las razones más débiles
hasta diletando; y soy, como se ve, un pequeño burgués no vergonzante
que ya en los años treinta y pico sospechaba que detrás del amor a los pobres de los
sagrados corazones
se escondía una monstruosa duplicidad
y que en el cielo habría una puerta de servicio para hacer el reparto de las sobras entre los mismos mendigos que se restregaban aquí
abajo contra los flancos de la iglesia
en este barrio uncioso pero de cuello y corbata
frío de corazón ornamental
La revolución
es el nacimiento del espíritu crítico y las perplejidades que le duelen al imago en los lugares
en que se ha completado para una tarea por ahora incomprensible
y en nombre de la razón la cabeza vacila
y otras cabezas caen en un cesto
y uno se siente solitario y cruel
víctima de las incalculables injusticias que efectivamente no se hacen esperar y empiezan a
sumarse en el horizonte de lo que era de rigor llamar entonces vida
y su famosa sonrisa
martes 10 de noviembre de 2009
Ernst Jünger: “La ebriedad es una llave que abre puertas a reinos inaccesibles a la percepción moral.”
El investigador de drogas es un fenómeno totalmente moderno. No puede surgir más que en una sociedad cuya imagen religiosa del mundo está hecha añicos, y donde, por consiguiente, también se ha perdido el saber sobre las implicaciones metafísicas y el carácter simbólico de la ebriedad y de los vehículos de embriaguez”.(1)
Si hablamos de investigadores de drogas, resulta ineludible la cita con Ernst Jünger, un interesante personaje alemán nacido en 1895 y escasamente conocido por estas tierras, quien dejó detrás de sí, una prolífica colección de trabajos escritos. “Acercamientos: Drogas y Ebriedad”, es quizás uno de los más reconocidos en el mundo psiconauta. En este libro, Jünger realiza un recorrido histórico sobre su vida en relación con distintas sustancias, desde el cloroformo hasta los hongos, pasando por la cocaína y el LSD.
El escritor alemán reflexiona en torno a las drogas, en función de la apertura a otros mundos que estas pueden producir. La ebriedad, dice Jünger, es una llave que abre puertas a reinos inaccesibles a la percepción moral. (2)
Y aunque su investigación e interés se centra en este tipo de sustancias, reconoce sin embargo que existen otros vehículos de apertura tales como la danza, el ayuno o la meditación. Por tal razón, la cuestión central en los estudios de Jünger no es tanto la droga en sí misma, sino el estado de ebriedad que conllevan. Sus investigaciones son un acercamiento a ese “mundo de quietud y sosiego esenciales” y las drogas son un mero “trasbordador”.
Pese a haber realizado experiencias no poco peligrosas con sustancias tales como el éter o el cloroformo, Jünger mantiene a lo largo de toda su obra, una actitud cautelosa y prudente frente a cualquier tipo de sustancia, advirtiendo que no todo el mundo puede soportarlo. En este sentido y de manera claramente explícita, marca una distancia con el norteamericano Aldous Huxley, quien había encontrado en las drogas un sucedáneo de la religión.
Hablando de Walter Frederking, el médico que lo introdujo en la experiencia con mezcalina, Jünger escribe: …he oído elogios sobre él como guía de pacientes, cuyo vehículo se encontraba gravemente averiado. A la sazón, además del “training autógeno” le ocupaba también del “narco-análisis”, es decir, el “sondeo de problemas psíquicos en un estado de ebriedad profunda inducido ad hoc. Sufrimientos que permanecen ocultos, con frecuencia, a la misma persona que los padece, deben hacerse conscientes y curarse. “Conjurarlos” mediante el verbo o darles nombre puede bastar como remedio. Ya en sí misma la ebriedad puede provocar una catarsis: purificación. (3)
Sin embargo, continúa su idea con una advertencia y reconoce que de la misma forma que pueden curar, estos remedios pueden causar daños ya que son remedios drásticos, que no todos los pacientes pueden soportar ni todo médico está llamado a administrarlos. (4)
Lo que mueve a Jünger a orillas de la ebriedad y el éxtasis, es una “curiosidad sublime” por lo desconocido y por lo que, a simple vista, no podemos percibir. El desafío consiste en descorrer el velo que cubre la naturaleza y sus fuerzas, en cuyo corazón difícilmente logramos penetrar. Quien anhela el mundo de la imágenes, -dice Jünger- no emplea los narcóticos ni para escapar al dolor ni para sentir euforia; busca lo fantástico. (5)
Por otro lado, en sus escritos analiza también la cuestión del tiempo y plantea que las drogas convocan a este “poder fundamental de la existencia”. En función del tipo de droga que se consuma (narcótico o estimulante) el tiempo se dilatará o se comprimirá. Si comparamos el tiempo –escribe- , como es habitual desde antiguo, con la corriente de un río, parece que bajo el efecto de estimulantes el lecho de ese río se angosta, que la corriente se acelera, como si descendiera al valle por remolinos y cascadas hervorosas. Pensamientos, mímica y gestos siguen a esta corriente; este tipo de ebrio piensa y obra más veloz e impulsivamente que el sobrio, también de forma menos predecible.
Por el contrario, bajo el influjo de narcóticos, el tiempo se remansa. La corriente fluye con más calma; las orillas se alejan. Cuando comienza el letargo, la conciencia va a la deriva como una barca sobre un lago cuya costa ya ni se vislumbra. El tiempo se vuelve ilimitado, oceánico. (6)
Cuando hablamos de drogas, la posibilidad del exceso está siempre plantada. Como lo explica Jünger, “exceder significa “salir”. He aquí “la norma que se abandona…”
En una era donde los relojes juegan un papel central, la evasión del tiempo mesurable es poco tolerada. La maquinaria exige ascetismo y no soporta las drogas que se consumen por placer e inducen al abandono del tiempo normal. Solamente tolera las drogas que se consumen para aumentar la normalidad tales como las pastillas con que se intenta corregir desequilibrios físicos o mentales. Salirse de la máquina significa no sólo tomar en anticipo placer y fuerza vital, sino y sobre todo, tiempo prestado y consumido de antemano… (7)
Basándose en los escritos de Rudolf Gelpke, Jünger explica las diferencias que existen a nivel interpretativo entre Oriente y Occidente en relación al tema de las drogas. Para los orientales, generalmente, el “camino hacia el interior”, el viaje místico, es la única experiencia de la realidad que traspasa tiempo y espacio y, por ende, el velo de la apariencia fugaz (8). Por el contrario, el hombre occidental asimila la realidad con el mundo externo, y por tal razón, y en palabras de Jünger, se sentirá siempre tentado de juzgar toda forma de vida, todo parecer y, en general, todo aquello que lo distancia de la acción, como “evasión” “frente” a la realidad y “de” la realidad. (9)
martes 27 de octubre de 2009
Miyó Vestrini. Té de manzanilla. (Al "Chino" Valera Mora)
Mi amigo,
el chino,
escribió una vez sobre cómo se sientan
y caminan
las mujeres después de hacer el amor.
No llegamos a discutir el punto
porque murió como un gafo,
víctima de un ataque cardíaco curado con té de manzanilla.
De haberlo hecho,
le habría dicho que lo único bueno de hacer el amor
son los hombres que eyaculan
sin rencores
sin temores.
Y que después de hacerlo,
nadie tiene ganas
de sentarse
o de caminar.
Le puse su nombre a una vieja palmera africana
sembrada junto a la piscina de mi apartamento.
Cada vez que me tomo un trago,
y lo saludo,
echa una terrible sacudida de hojas,
señal de que está enfurecido.
Me dijo una vez:
La vida de uno es una inmensa alegría
o una inmensa arrechera.
Soy fiel a los sueños de mi infancia.
Creo en lo que hago,
en lo que hacen mis amigos,
y en lo que hace toda la gente que se parece a uno.
A veces nos quedamos solos
hasta muy tarde,
hablando de los gusanos que lo acosan
y del terrible calor que le entra todos los días
en esa arena y resequedad.
No ha cambiado de parecer:
un hambriento,
un desposeído,
puede sentarse y hacer amistad con Mallarmé.
Lautréamont nos acompañó una noche
y le dio la razón al chino:
la poesía debe ser hecha por todos.
Y llegaron los otros:
Rubén Darío mandando en Nicaragua,
Omar Khayyam con sus festejos,
Paul Eluard uniendo parejas de amantes.
Entre todos,
sumergimos al chino en la piscina, bajo la luna llena,
y se puso contento
como cuando tenía un río,
unos pájaros,
un volantín.
Ahora está arrecho otra vez,
porque le llevan flores
mientras trata de espantar a las cucarachas.
Quería que lo enterraran en Helsinki,
bajo nieves eternas.
Le dio la vuelta al mundo,
pasando por Londres donde una mujer lo esperaba,
y a su regreso,
tomó un té de manzanilla.
Él,
que amaba tanto las sombras,
ya no pudo trasnocharse.
Lúcido y muy hipócrita,
tenía un miedo terrible a morirse en una cama.
Sé,
porque me lo escribió en un papelito,
que la frase que más le gustaba era de David Cooper:
la cama es el laboratorio del sueño y del amor.
lunes 19 de octubre de 2009
viernes 16 de octubre de 2009
Alfredo Silva Estrada (1933 - 2009) In memoriam
Antes de partir
Antes de partir
No te detengas a mirar
Estas sábanas en desorden
Y ese vaso
Donde tantas veces uno ha bebido
Busca más bien
Los horizontes que puedas tejer como estambres
Los pájaros que comen sobre los hombros de los ciegos
Y esa ruta que te lleve
Como una escritura
Tiempo de vislumbres
El tiempo en contracción relámpago de hacer
Hacia las fuentes tantas puertas libres
Despiertas doncella en la copa roja
Y en el cobijarte con los signos
¿Cuándo vuelves bajo el ropaje de la tarde
O en el preludio donde te detienes?
Algo que diga ...
Algo que diga este transcurrir envolvente
(un niño nombra el objeto que nace entre sus manos)
viento tachado en su emerger lo posible
la cercanía de tu mano
a la altura de vallas descerrajadas
crea estaciones
donde el instante sabe como a fruto de infancia
martes 13 de octubre de 2009
Waldo Bastías. Autopistas.

En la frenética velocidad
de una autopista
siempre encuentras
inesperados paisajes
Emociones desconocidas
y oscuros miedos
acechan al viajero
Jaurías de carros
autobuses y camiones
se persiguen
en una endemoniada cacería
No hay piedad
Sólo la violenta belleza del rock
y la visión del fiero mundo
permiten saborear
el paisaje brutal
de una autopista
¿Qué mejor forma para decir adiós
que fundirse a doscientos
kilómetros por hora en gasolina
la ardiente sangre
de las autopistas?
Mientras tanto
aún puedo ver los montes
las verdes praderas
También algunas aves
atraviesan el cielo caliente
de la tarde
La música golpea mis oídos
y me envuelve
Detrás de mí
una marea de fuego devorador









